completo de lágrimas. Con voz llorosa, entrecortada y sollozante, gritó:
—¿Qué le diría a mi muchacho si aceptara dinero tuyo por nuestra deshonra?
Y luego echó a correr sin volverse. Aliosha lo miró alejarse, con un dolor indecible.
Oh, bien veía que hasta el último momento aquel hombre no había sabido que iba a arrugar y arrojar los billetes. No volvió la vista atrás. Aliosha sabía que no lo haría. No iría tras él para llamarlo, y sabía por qué.
Cuando aquel hubo desaparecido de su vista, Aliosha recogió los dos billetes. Estaban muy estrujados y arrugados, y habían quedado incrustados en la arena, pero estaban intactos y hasta crujieron como nuevos cuando Aliosha los desdobló y los alisó. Tras alisarlos, los dobló, se los guardó en el bolsillo y fue a ver a Katerina Ivánovna para informarle del éxito de su encargo.