se había vuelto casi amenazador.
—¡Desúselo, tiene que dárselo! —le ordenó, temblorosa y fuera de sí—. ¡Hoy mismo, de inmediato, o me enveneno! Por eso lo mandé llamar.
Y cerró la puerta de un golpe seco y rápido. El cerrojo chasqueó. Aliosha se metió la nota en el bolsillo y bajó directamente las escaleras, sin volver a ver a madame Jojlakov; olvidándose de ella, de hecho. Tan pronto como Aliosha se hubo marchado, Lise descorrió el cerrojo, la abrió un poco, metió el dedo por la rendija y cerró la puerta de un golpe con todas sus fuerzas, pillándose el dedo. Diez segundos después, al liberarse el dedo, caminó suave, lentamente hacia su silla, se sentó muy erguida en ella y miró fijamente su dedo amoratado y la sangre que brotaba de debajo de la uña. Le temblaban los labios y no dejaba de susurrarse