está más allá de mi comprensión. Algún bufón dirá, quizás, que el niño habría crecido y habría pecado, pero ya ves que no creció, fue hecho pedazos por los perros a los ocho años. ¡Oh, Aliosha, no estoy blasfemando! Comprendo, por supuesto, qué cataclismo del universo será cuando todo en el cielo y en la tierra se funde en un solo himno de alabanza y todo lo que vive y ha vivido clame a voces: ‘Justo eres, Señor, porque tus caminos han sido revelados’. Cuando la madre abraze al demonio que arrojó a su hijo a los perros, y los tres clamen con lágrimas: ‘¡Justo eres, Señor!’, entonces, por supuesto, se alcanzará la cúspide del conocimiento y todo quedará claro. Pero lo que me detiene aquí es que no puedo aceptar esa armonía. Y mientras estoy en la tierra, me apresuro a tomar mis propias medidas. Verás, Aliosha, quizás realmente suceda que si vivo hasta ese momento, o resucito para verlo, yo también, tal vez, clame con los demás, al ver a la madre abrazando al verdugo del niño: ‘¡Justo eres, Señor!’, pero no quiero clamar entonces. Mientras aún hay tiempo, me apresuro a protegerme, y por eso renuncio por completo a la armonía superior. ¡No vale las lágrimas de ese único niño torturado que se golpeaba el pecho con su puño pequeño y rezaba en su apestoso excusado, con sus lágrimas no expiadas al ‘buen y querido Dios’! No lo vale, porque esas lágrimas no han sido expiadas. Deben ser expiadas, o no puede haber armonía. ¿Pero cómo? ¿Cómo vas a expiarlas? ¿Es posible? ¿Haciendo justicia? Pero ¿qué me importa a mí hacerles justicia? ¿Qué me importa un infierno para los opresores? ¿De qué sirve el infierno, puesto que esos niños ya han sido torturados? ¿Y qué pasa con la armonía si hay infierno? Quiero perdonar. Quiero abrazar. No quiero más sufrimiento. Y si
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Libro V. Pro y contra
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