lágrimas histéricas cómo el joven Iván Karamázov lo había aterrorizado con su audacia espiritual. ‘Todo en el mundo está permitido según él, y en el futuro nada debe estar prohibido; eso es lo que siempre me enseñó’. Creo que ese idiota perdió el juicio a causa de esta teoría, aunque, por supuesto, los ataques epilépticos que padecía y esta terrible catástrofe contribuyeron a desquiciar sus facultades. Pero dejó escapar una observación muy interesante que habría honrado a un observador más inteligente, y esa es, en verdad, la razón por la que la he mencionado: ‘Si hay un hijo que se parece a Fiódor Pávlovitch en el carácter, ese es Iván Fiódorovitch’”.
—Con esta observación doy por concluido mi boceto de su carácter, considerándola una indelicacia continuar más allá. Oh, no deseo sacar más conclusiones ni graznar como un cuervo sobre el futuro del joven. Hemos visto hoy en este tribunal que todavía hay buenos impulsos en su joven corazón, que el sentimiento familiar no ha sido destruido en él por la falta de fe y el cinismo, los cuales le han llegado más por herencia que por el ejercicio del pensamiento independiente.
—Luego el tercer hijo. Oh, él es un joven devoto y modesto, que no comparte la teoría de la vida sombría y destructiva de su hermano mayor. Ha procurado aferrarse a las «ideas del pueblo», o a lo que va por ese nombre en algunos círculos de nuestras clases intelectuales. Se aferró al monasterio y estuvo a un pelo de hacerse monje. Me parece que ha traicionado inconscientemente, y tan temprano, esa desesperación tímida que lleva a tantos en nuestra infeliz sociedad —los cuales temen al cinismo y a sus influencias corruptas, y atribuyen equivocadamente todo el mal a la ilustración europea— a retornar a su «suelo natal», como dicen, al seno,