visitado y nada más.
—¿Puede un hombre comprometido hacer tales visitas? ¿Es posible semejante cosa, y con semejante prometida, y ante los ojos de todo el mundo? ¡Maldita sea, yo tengo algo de honor! Tan pronto como comencé a visitar a Grúshenka, dejé de estar comprometido y de ser un hombre honrado. Lo entiendo. ¿Por qué me miras?
Verás, fui en un principio para pegarle. Había oído, y ahora me consta como un hecho, que aquel capitán, el agente de mi padre, le había dado a Grushenka un pagaré mío para que me demandara de pago, con el fin de acabar conmigo. Querían asustarme. Fui para pegarle. Yo la había visto de pasada antes.
No impresiona a primera vista. Sabía lo de su viejo mercader, que está enfermo ahora, paralítico; pero va a dejarle una buena cantidad. Sabía también que le gustaba el dinero, que lo atesoraba y lo prestaba a un interés desorbitado, que es una estafadora y timadora implacable.
Fui para pegarle, y me quedé. Estalló la tormenta; me abatió como la peste. Sigo apestado, y sé que todo ha terminado, que nunca volverá a haber nada más para mí. El ciclo de las edades se ha cumplido. Esa es mi situación.
Y aunque soy un pordiosero, qué casualidad, llevaba tres mil en el bolsillo en ese mismo momento. Fui con Grushenka a Mokroe, un lugar a veinticinco verstas de aquí. Contraté gitanos allí y champán, y embriagué con él a todos los campesinos, y a todas las mujeres y muchachas. Hice volar los miles. En tres días me quedé desplumado, pero hecho un héroe. ¿Te crees que el héroe había conseguido su objetivo? Ni rastro de ello por su parte. Te