no estaba muy limpia y su ancha bufanda estaba muy gastada. Los pantalones a cuadros del visitante eran de excelente corte, pero demasiado claros de color y demasiado estrechos para la moda actual. Su sombrero blanco, suave y felpudo, no era apropiado para la temporada.
En resumen, había en todo ello una apariencia de hidalguía con recursos escasos. Daba la impresión de que el caballero pertenecía a esa clase de terratenientes ociosos que solían prosperar en los tiempos de la servidumbre. Había sido indudablemente, en algún momento, parte de la buena y selecta sociedad, había tenido en su día buenas relaciones, tal vez las conservaba aún, pero, tras una juventud alegre y al empobrecerse gradualmente con la abolición de la servidumbre, había caído en la condición de pariente pobre de la mejor categoría, que vaga de un viejo y buen amigo a otro y es acogido por ellos debido a su carácter afable y complaciente y por ser, al fin y al cabo, un caballero a quien se le puede pedir que se siente con cualquiera, aunque, por supuesto, no en un lugar de honor. Tales caballeros de genio complaciente y posición dependiente, que saben contar un cuento, echar una partida a las cartas y que sienten una marcada aversión por cualquier deber que se les pueda imponer, suelen ser criaturas solitarias, ya sean solteros o viudos. A veces tienen hijos, pero, de ser así, los hijos se crían siempre a distancia, en casa de alguna tía, a quien estos caballeros nunca mencionan en la buena sociedad, pareciendo avergonzarse del parentesco. Pierden gradualmente de vista a sus hijos por completo, aunque a intervalos reciben de ellos una carta de cumpleaños o de Navidad y a veces hasta la