del hombre después de que Tú soportaste tanto por su libertad! El gran profeta cuenta, en visión y en imagen, que vio a todos los que participaron en la primera resurrección y que había doce mil de cada tribu. Pero si había tantos, debían de ser no hombres, sino dioses. Habían cargado con tu cruz, habían soportado decenas de años en el yermo estéril y hambriento, alimentándose de langostas y raíces; y bien puedes señalar con orgullo a esos hijos de la libertad, del amor libre, del sacrificio libre y espléndido por tu nombre. Pero recuerda que solo eran unos cuantos miles; ¿y qué pasa con los demás? ¿Y de qué tienen la culpa los demás, los débiles, por no haber podido soportar lo que los fuertes han soportado? ¿De qué tiene la culpa el alma débil por ser incapaz de recibir dones tan terribles? ¿Acaso viniste simplemente por los elegidos y para los elegidos? Pero si es así, es un misterio y no podemos comprenderlo. Y si es un misterio, nosotros también tenemos derecho a predicar un misterio y a enseñarles que lo que importa no es el libre juicio de sus corazones, ni el amor, sino un misterio al que deben seguir ciegamente, incluso en contra de su conciencia. Así lo hemos hecho. Hemos corregido tu obra y la hemos fundado sobre el milagro, el misterio y la autoridad. Y los hombres se regocijaron de que los condujeran de nuevo como a ovejas, y de que el terrible don que les había traído tanto sufrimiento fuera, al fin, apartado de sus corazones. ¿Hicimos bien al enseñarles esto? ¡Habla! ¿Acaso no amamos a la humanidad reconociendo con tanta mansedumbre su debilidad, aligerando con amor su carga y permitiendo que su débil naturaleza pecara incluso con nuestra anuencia? ¿Por qué has venido ahora a estorbarnos? ¿Y por qué me miras en silencio y con
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Libro V. Pro y contra
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