Para su modo de ver, ir en coche presuponía una intimidad que el conocimiento mutuo podía explicar, pero no disculpar. El asunto la desconcertaba, y no era para menos. Solo a través de nuestro propio corazón es posible intentar leer el corazón ajeno. En su fuero interno, Marie sabía que nada en este mundo la induciría a mostrarse tan íntima con un hombre como lo había estado Loftus con aquella mujer. Y sin embargo, aunque sabía eso, sabía también que muchas de sus opiniones, al igual que muchas de sus expresiones, no estaban en sintonía con el tono del círculo en el que se movía Loftus.
No obstante, un hecho permanecía.
Para ella los demás hombres no existían. Para él las otras mujeres existían.
Por más que intentara consolarse con la diferencia de educación, ese hecho, al perdurar, puncionaba. Puncionaba tal vez con más fuerza debido al aspecto de aquella mujer en particular. La mujer en sí era detestable.
¿Cómo, se preguntaba, podía Loftus pasearse en coche con ella cuando, con la propia, apenas se dejaba ver?
¿Y por qué no habría de hacerlo? En aquellos días los porqués de Marie eran muchos. Pero al final de cada uno de ellos la respuesta que siempre hallaba era que todo se debía a que ella no era su esposa. Sin embargo, siempre volvía a surgir otro porqué. ¿Por qué no era ella lo que él había jurado que sería?
La posible desheredación que hasta entonces él se había figurado no tenía clase alguna de temores para ella. De pan y besos habría vivido con él alegremente en un suburbio.