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nydus/The Perfume of ErosPublic
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I. Desencanto

Las soledades del espacio aterrorizan. Las del corazón pueden ser tan interminables como aquellas. En aquellas por las que Marie deambulaba, un mundo había tenido su nacimiento y su ocaso, un mundo con esperanzas semejantes a estrellas enjoyadas, un mundo alumbrado por un sol tan impaciente que sus rayos la habían cegado. Había habido aspiraciones, espléndidas y tangenciales como los cometas. Había habido el éter incoloro del que están hechos los sueños. Como materia cósmica, estuvo el amor. Había pasado un año. En él, estas maravillas se habían formado y habían huido.

Marie se levantó del piano. Este no tenía ningún secreto que contar.

Pero había otro que el año había revelado, un secreto que, opaco y oscuro al principio, poco a poco había tomado forma y pasado de ser una imposibilidad a convertirse en un hecho monstruoso.

Marie había empezado por negarlo. Lo había repudiado, no quería saber nada de él. Pero las negativas cesan.

Bajo ciertas condiciones nos acostumbramos a los monstruos. El alma se acomoda a lo que debe. El monstruo al que Marie se estaba acostumbrando era la certeza de que su amante había mentido.

Al partir con él de la guarida de la ex primera dama, no fue meramente con fe y confianza, sino con la absoluta certeza de que el matrimonio, de retrasarse, solo se había pospuesto; que una semana, un mes a lo sumo, la vería convertida en su esposa.

En el camino se había detenido y enviado un telegrama a Gay Street, diciéndole a su padre que no se preocupara, que se había ido a casar, que le escribiría pronto.

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