“Pero no puedes, ya ves. Es más bueno que el pan”.
“Oh, no me refiero aquí. Me refiero al Oeste”.
Por un momento Loftus no dijo nada. Aun en el Oeste, reflexionó, el divorcio llevaba su tiempo. Pero luego, pensando también en que sería muy caballeroso por parte de Annandale irse y dejarle el terreno libre, sonrió y comentó, con lo que parecía una inoportunidad asombrosa: —He estado vendiendo a la baja.
—¡Ah! —dijo Fanny con añoranza—. ¿Y qué con eso?
—¡A menos que el mercado dé un vuelco, estaré perdido, Dios sabe por cuánto!
—¿Pero y qué importa? —Sin embargo, incluso mientras hablaba, lo comprendió—. ¡Pamplinas! —exclamó con un gesto de fastidio—. No me importará que no tengas ni un centavo.
A esto Loftus no tuvo oportunidad de responder.
Annandale entró remoloneando.
—¿Saben lo que he hecho? —preguntó de manera general e imperturbable—. Le dije a Skitt que me comprara, en la apertura, mil Atchison y mil Steel. Ahora me gustaría tomar un trago tranquilo.
Loftus se levantó. «Voy a dar un paseo por el parque para fumar tranquilamente. Pero creía que lo habías dejado».
Annandale se tocó el bigote de caballería y se echó a reír. > «No he probado una sola gota en casi un año. Pero en una noche como esta, en la que todo el pueblo está loco, creo que podría tomarme un trago. Quédese,