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nydus/The Perfume of ErosPublic
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X

Estas cartas no las había contestado. Lógicamente no podía admitir la validez de las afirmaciones que contenían.

Pero el corazón tiene razones que la razón desconoce.

Luego, además, ¿no hay acaso en nuestro interior algo que nos impulsa a creer menos lo que debemos que lo que deseamos?

La razón de Sylvia, guiada por su inexperiencia, se negó al principio a aceptar la idea de que un hombre cuerdo pudiera actuar como lo había hecho Annandale y después olvidarlo por completo. Que hubiera remordimiento era de lo más natural, pero que no quedara memoria de absolutamente nada le parecía absurdo.

Pero ahí estaba la seguridad en contrario de su primo.

Luego, imperceptiblemente, poco a poco, esa seguridad, filtrándose a través de la muchacha entristecida se adueñó de ella, insistiendo en ser reconocida, diciéndole que, aunque su amado había errado, aun al errar, era más digno de compasión que de condena.

Dominado por la bebida —que, según añadió Orr, había prometido abandonar—, había acudido a aquel antro y, contaminado allí, no sabía lo que hacía.

Pero ella, en vez de comprenderlo, ella, que iba a ser suya en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, ella, en su orgullo, lo había despedido.

Él se había equivocado, se decía Sylvia, profunda, gravemente, pero ella también. Lo había condenado cuando debería haberlo disculpado; lo había desdeñado cuando era su solicitud lo que él necesitaba.

Al tener la certera conciencia de ello, fue como si de sus ojos hubiera caído una venda.

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