Ayudado por otra luz, Annandale había comenzado a discernir su camino. Él debió, por supuesto, haber permanecido en la oscuridad. A la oscuridad, de ser esto ficción, estaría condenado.
Pero esto no es ficción. El drama de que tratan estas páginas está documentado a partir de la vida real. Fue Fanny quien sostuvo la luz.
Durante el mes que había pasado había estado casi constantemente a su lado.
El hecho de que una luz pueda ser reemplazada por otra no se le había ocurrido al principio. Al poco tiempo, la facilidad con que dicha sustitución puede efectuarse lo había desconcertado muchísimo. No estaba preparado para algo así. Se había dispuesto a ser un hombre sombrío y desengañado.
No hacía más decirse a sí mismo que, si Sylvia se le hubiera mantenido fiel, le habría sido fiel a ella durante toda su vida. Pero ella no se le había mantenido fiel, y la retirada de su persona había dejado la existencia tan vacía que, sin que él mismo lo supiera, la Naturaleza había estado llenando el vacío que aborrece.
En esto, la Naturaleza había recibido una gran ayuda. Fanny Price era una muchacha sumamente atractiva.
Para un hombre fuera de los tribunales y, por consiguiente, de mal humor, la compañía de una Venus de bolsillo es sumamente tónica. No es solo eso, es reconstituyente. Espanta la melancolía. Establece un nuevo tribunal y, con él, su propio código.
Los censores alegan que todo esto está mal. Puede que tengan razón. Pero la Naturaleza no es censora. La Naturaleza ni siquiera es ética. No tiene normas de lo correcto, ni cánones de lo incorrecto. Lo que sí tiene es su manera de ser.