Fanny era deliciosa. Pero se imaginaba que otros hombres la habían encontrado así. Se imaginaba que el corazón de ella había sido una posada, y sabía que el de Sylvia era un hogar. Sin embargo, de eso estaba excluido. Para aquellos que carecen de hogar, los hoteles son convenientes.
Al otro lado, entretanto, la señora Price estaba muy ocupada. Al vislumbrarlos desde la galería, le había parecido que su hija y aquel hombre estaban ocupados en ciertas ceremonias. En cuanto los vio, atacó a la muchacha de inmediato.
—¿No te lo has llevado? —empezó a modo de reconocimiento.
Esa tarde Fanny había visitado unas ruinas. Había otras más personales que estaba contemplando entonces, las ruinas de cosas hermosas no muertas, sino destruidas.
—Respóndeme —ordenó la señora Price.
La muchacha se estremeció. Pero había estado muy lejos, en esa hermosa tierra donde los sueños se hacen realidad y luego, tal vez, se convierten en pesadillas. De la mano de Loftus había estado paseando a través de los sueños. Ahora debía guardarlos todos.
—Respóndeme —repitió la señora Price.
—Me temo que sí.
En un salón neblinoso y desierto de la posada, la señora Price metió a empujones a la muchacha y allí le soltó toda la artillería.
«¡Asustada! ¡Deberías estarlo! ¿Qué dirá tu padre?»
El padre aquí proyectado era un caballero que residía en el extranjero y que rara vez abría la boca si no era para meterse algo en ella.