—¿Nos vamos a quedar extasiados, entonces? —dijo Annandale.
Marie miró a Loftus. —¿No sería mejor que vendiera?
Orr se volvió hacia ella.
—No; continúe y pierda. Una pérdida, en especial una primera pérdida, es siempre una buena inversión. Además, si me permite decirlo, usted no debería prestar atención a tales cosas. No, señorita Leroy. Debería conformarse con seguir siendo. Una mujer que hace tan solo eso adquiere un encanto casi sobrenatural. Esta era la ocupación de las jóvenes diosas de la antigua Grecia. ¡Qué encantadoras eran! La rosa era su modelo. Habían aprendido el secreto de su hechizo. Encantaban y no hacían nada. Encantar nunca es fácil, pero no hacer nada es la más difícil de todas las cosas, así como es también la más intelectual. Sí —añadió Orr al cabo de un momento—, es también algo que el resto de nosotros descuida lamentablemente.
—Vaya, hombre —intervino Loftus—. No hace tanto tiempo que le oí sostener que solo los imbéciles son ociosos, que todo el mundo debería tener algo que hacer. Es usted bastante contradictorio, ¿no le parece?