Ante la noticia, Sylvia se estremeció. El tiempo la rozó. Sus ojos se rodearon de súbitos círculos. El estremecimiento pasó, pero los círculos permanecieron. Se volvió más blanca, más dura, más resuelta, al adivinar vagamente que en alguna parte, de algún modo, había un deber que cumplir.
Cuál iba a ser ese deber lo reveló la prensa. Contra Annandale se alzaba la opinión pública. Allí fue declarado culpable instanter. Ante la injusticia, o lo que a ella le pareció la injusticia de aquello, se rebeló.
Pero Orr, a quien Annandale había contratado de inmediato, la despachó con un tópico.
«Que le den a la opinión pública —dijo—. ¿Qué es sino la estupidez de uno multiplicada por la estupidez de todos? Vox populi, vox stulti. La mayoría siempre presume de estar segura y está rotundamente equivocada».
A pesar, sin embargo, de la estupidez general, hubo personas suficientemente indulgentes como para conceder a Annandale el beneficio de las circunstancias atenuantes. La reputación de Loftus, que dejaba bastante que desear; la vinculación de su nombre con el de la esposa de Annandale; el rumor de que, por amor a él, esta última se había estado preparando para abandonar a su marido; el rumor añadido de que, para conveniencia de ambos, Marie Leroy había sido enviada al extranjero; estas cosas redujeron el caso en la mente de los indulgentes a lo que los franceses llaman un crime passionnel y que, como tal, resulta psicológicamente e incluso legalmente indefendible.
Pero las opiniones francesas no son nuestras opiniones. Además, aun admitiendo su validez, dicha validez quedaba mermada por la actitud que adoptó Annandale. Omite admitir, y con ello renuncia temporalmente al derecho de alegar, las circunstancias aducidas en su justificación.