Y, como Orr supo más tarde, la señora Loftus estaba entonces sentada, con sus asistentes a su alrededor, sacudiendo la cabeza de manera ausente e incesante. Ni el movimiento de esta cesó jamás. Estaba paralítica.
Antes de que Orr se enterara de aquello, sobrevinieron otras cosas, principalmente nuevos suplementos. Estos por supuesto estaban justificados. La imaginación del público se había conmovido. De todas las cosas, el misterio es la que más impresiona la imaginación. He aquí uno gratamente avivado por sucesivas ediciones que anunciaban la proyección de lo eterno femenino.
Entonces los que leían estas hojas sentían que obtenían el valor de su dinero. Pero el sentimiento se acentuaba cuando uno de los periódicos los complacía con la imagen de una muchacha que, según veían, era una joven sumamente atractiva y de quien se les informaba que había desaparecido de su residencia, el Arundel, donde era conocida como la señorita Leroy.
Su relación con Loftus, una relación que el vecindario en general comprendía, se expuso con soltura periodística.
Con la misma soltura se estableció que él había estado con ella la tarde anterior a la noche de su muerte.
Con petate y petaca, a la mañana siguiente había volado.
Ese hecho en sí mismo era prodigiosamente interesante. Una joven y bonita asesina, ¡vaya! Era totalmente de novela. Era casi demasiado bueno o demasiado malo para ser verdad. Además, el retrato mostraba a una muchacha no solo bonita, sino casi ideal, un rostro infinitamente delicado, desdeñoso pero triste.
Orr vio la fotografía y vio también que, aunque quizás un tanto favorecedora, no se parecía en lo más mínimo a Marie. De hecho, era un