A veces su silencio era el de alguien a quien le ha ocurrido algo, que sufre alguna coacción, alguna presión o alguna larga enfermedad de la que quedan secuelas. Otras veces, la había exasperado, la hacía sentirse como un piano al que, tras tocar una pieza, se le cierra la tapa. A ella le había parecido que servía como pasatiempo, nada más; un juguete que de vez en cuando él tomaba, pero solo porque estaba allí, bajo sus pies. Sin embargo, ni siquiera entonces era del todo infeliz. Ni siquiera entonces había perdido la fe. Todavía creía en él. La esperanza no se había marchado.
La esperanza tiene sus valentías. Sus puestos avanzados patrullan nuestras vidas. Hasta que la muerte la aniquila a ella y a nosotros, siempre más allá hay un centinela.
El centinela que ella todavía distinguía era la promesa que él le había hecho. Últimamente no había sido gran cosa como centinela. Se había parecido mucho más a una paja. Pero era todo lo que tenía. Se había aferrado a ella.
La esperanza tiene en verdad sus valentías, pero también tiene sus cobardías.
Esta esperanza, última y desesperada, sabía ahora que era cobarde, unida a su degradación, nacida de su vergüenza. Si había de realizarse, la realización no debía demorarse más. Estaba ante las puertas. Tenía que cruzar. En eso se había decidido. Cuando llegara Loftus se lo diría. Le diría que trabajaría para él, sería su esclava, lo envolvería con su amor, lo acogería en su corazón. Aunque él perdiera su maldito dinero, ¿qué le importaría a ella y cómo podría