—¡Ajá! —dijo Orr, tomándolo por la mano, o más bien, por el cuello. Pues no hizo intento alguno de cortesía ordinaria. Lo interrogó ferozmente, con un aire de odio personal, con un aire que parecía decir: «Maldito seas, ahora te tengo en mis manos».
—¿Cómo te llamas? —preguntó él.
“Richard Harris, señor”.
Orr pounded on the table in front of him.
“Your name! Your name! I want your name, not something that you have made up like the rest of your rubbish. How many times have you been in jail? You were once employed in Hill Street, Berkeley Square, by the Duchess of Kincardine. When you absconded from there, where was it that the police caught you? Answer me.”
Desde detrás de la barandilla estallaron las objeciones como granadas. Pero a través de aquel fuego cruzado Orr se mantuvo firme, acorralando al hombre con una acusación tras otra, acusación de robo, acusación de falsificación, pero sobre todo la de haber presumido la semana anterior, en una taberna de la Sexta Avenida donde se reúnen cocheros y lacayos, de que podía declarar cualquier cosa por la que le pagaran.
De espantoso, Harris pasó a ponerse bermejo. El rubor al retirarse lo dejó lívido. Si las columnas acanaladas con sus fabulosas bestias le hubieran caído encima, no habría estado más flácido.
- A una pregunta, se tambaleó como un animal golpeado en la cabeza.
- A otra, siseó como una serpiente.
Hubo momentos en que intentó esconderse de la vista. Era un curioso ejemplo del timador timado.