Pero cuando lo has conocido, cuando además se mezclan elementos supersensacionales como un halo a su alrededor, ¿qué más se podría pedir decentemente? Aun así, algo decepcionó. Era lamentable que el recluso no estuviera encadenado, que pudiera sentarse allí y bostezar con toda la apariencia de estar en una función de tarde, con un guardián a modo de lacayo detrás de él.
De no ser rápida, por lo demás la diversión era furiosa. Peacock hacía una pregunta, los labios de un testigo se entreabrían, pero antes de que pudiera emitir más que una fracción de sílaba, Orr lo detenía, detenía a la fiscalía, detenía al Tribunal.
Por lo general, sus objeciones eran desestimadas. Pero ninguna desestimación lo intimidaba. Emergía de la oposición renovado.
Hubo momentos en que Sylvia lo creyó doblegado hasta el suelo, totalmente derrotado, silenciado para siempre. Pero ni mucho menos. En el instante en que sus municiones parecían agotadas y su derrota asegurada, de un arsenal de libros ante él extraía las armas con las que no solo reanudaba el combate, sino que vencía.
En el transcurso de una objeción, el Tribunal le ordenó que se sentara. Él protestó. El juez titular se negó a escucharle más y reiteró la orden de que tomara asiento. Entonces, con el aire y los modales de un niño pequeño expulsado del salón por mal comportamiento, Orr se medio giró, dudó, volvió a girarse y, mediante el ejercicio de una astucia singular y propia, logró volver a entablar conversación con el Tribunal, protestando su respeto, negando su desacato y, al poco rato, continuaba con la misma objeción por la cual le habían mandado sentarse.