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nydus/The Perfume of ErosPublic
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VIII. El acusado ante la barra

El acusado al estrado

¡Quúitese el sombrero!

Por la gran habitación blanca vibró el grito, seguido al instante por otro:

“Oigan, oigan, todos aquellos que tengan asuntos con el Tribunal de Sesiones Generales de la Ciudad y Condado de Nueva York, acérquense, presten atención y serán escuchados.”

Dentro del foro, inquietos como hienas que aguardan a su presa, deambulaban los fiscales.

Contra ese foro, agazapados allí, se encontraban Orr y su abogado asociado, inquietos también, pero dispuestos a saltar.

Atrás estaban los reporteros, la flor y nata del periodismo, apuestos jóvenes vestidos de punta en rueda con cuellos resplandecientes y corbatas asombrosas.

Detrás de ellos se encontraban los espectadores, una masa compacta, damas de toda condición excepto la alta y, con ellas o sin ellas, hombres a los que uno reconocería como espectadores de estreno, otros a los que uno no reconocería en absoluto.

A la derecha del foro estaban los testigos de la acusación, peritos en diversas materias de las cuales la gastronomía era evidentemente una.

A la izquierda estaba el jurado, y arriba, bajo el dosel de ámbar del estrado, sentábase el juez de instrucción, un Solón ascético.

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