El acusado al estrado
¡Quúitese el sombrero!
Por la gran habitación blanca vibró el grito, seguido al instante por otro:
“Oigan, oigan, todos aquellos que tengan asuntos con el Tribunal de Sesiones Generales de la Ciudad y Condado de Nueva York, acérquense, presten atención y serán escuchados.”
Dentro del foro, inquietos como hienas que aguardan a su presa, deambulaban los fiscales.
Contra ese foro, agazapados allí, se encontraban Orr y su abogado asociado, inquietos también, pero dispuestos a saltar.
Atrás estaban los reporteros, la flor y nata del periodismo, apuestos jóvenes vestidos de punta en rueda con cuellos resplandecientes y corbatas asombrosas.
Detrás de ellos se encontraban los espectadores, una masa compacta, damas de toda condición excepto la alta y, con ellas o sin ellas, hombres a los que uno reconocería como espectadores de estreno, otros a los que uno no reconocería en absoluto.
A la derecha del foro estaban los testigos de la acusación, peritos en diversas materias de las cuales la gastronomía era evidentemente una.
A la izquierda estaba el jurado, y arriba, bajo el dosel de ámbar del estrado, sentábase el juez de instrucción, un Solón ascético.