La ex primera dama
Loftus, montándose en un hansom, zarpó. Aquella tarde habría carreras en Morris Park, y por el torbellino de la Quinta Avenida avanzaban velozmente automóviles, ligeros carruajes huidizos.
A medida que el hansom descendía por la corriente, Loftus saludaba con la cabeza a este y aquel conocido, levantando ocasionalmente el sombrero mientras las mujeres sonreían y hacían reverencias.
Ocasionalmente también contemplaba lo que alcanzaba a ver de sí mismo en el pequeño espejo situado a un lado del carruaje. Tenía un aspecto triunfante y traicionero.
Fanny, reflexionó, era ideal. Pero exigente, ambiciosa incluso. Tenía una verdadera manía por el matrimonio.
Había otra chica en la que pensaba que le parecía más sensata. Esta otra era Marie Durand.
De qué manera exacta la había conocido nunca estuvo muy claro. Fanny, que había presenciado la escaramuza preliminar, siempre creyó que él se la había ligado. Después, en la época del juicio, así se rumoreó.
El rumor era falso además de vulgar. Marie Durand no era de esa clase. No había en ella nada de ligera ni coqueta.
Pero era un ser humano. Tenía ojos. Tenía un corazón. Por naturaleza era sensible. Además, solo tenía diecinueve años. Siendo humana, sensible y no muy vieja, teniendo ojos para ver y un corazón que latía, era impresionable y, para su desgracia, Loftus la impresionó.