entonces, todos los días durante una semana estuvieron allí el camión, el mozo y flores a dólar y medio cada una. La destinataria de estas atenciones era la señorita Rebecca Cohen, hija del señor Abraham Cohen, quien también, al igual que el padre de Marie, era sastre.
Marie vio la camioneta, adivino el error y, como era tan juguetona como un gatito, disfruto enormemente del humor continuo de la situación.
Pues las flores seguían lloviendo sobre aquella calle sórdida. Todos los días, para sorpresa impía del señor Cohen y desconcierto equivalente de sus retoños, se entregaba una caja de rosas radiantes.
A esa sorpresa y desconcierto se sumó el vecindario. Escandalizado por el escándalo, Cohen interrogó al novio, interrogó al chófer. Bien se habría podido ahorrar la molestia. Luego preguntó en la floristería. Pero allí no se pudo encontrar a nadie que supiera absolutamente nada de nada. Ya antes le había preguntado a Rebecca. Le parecía que, a pesar de sus protestas, ella debía de estar metida en alguna intriga insondable. Pero Rebecca, cuyo instinto comercial estaba maravillosamente desarrollado,