El veredicto
En los días de los Dogo había un Libro de Oro en el que brillaban las Primeras Familias de Venecia.
En Nueva York hay también un Libro de Oro, sin imprimir pero por lo demás familiar. Los nombres que allí figuran se han ganado la catalogación no por la destreza medieval, sino por el poder más a la moda del dinero.
En la Metropolitan Opera House, dos años y una fracción después del juicio, los Gold Bookers hacían acto de presencia: hombres que habrían podido casarse con el Adriático y además dotarlo, cuyas firmas eran más poderosas que las de los reyes. Había también mujeres más hermosas que las jóvenes emperatrices de la antigua Roma, doncellas con vestidos de mil dólares, matronas coronadas y con tiaras. Se sentaban en el grand tier, con un aire de reunión familiar, saludándose con la cabeza, exhalando lirio, hablando animadamente de nada en absoluto. En sus palcos entraban los jóvenes, se recostaban un rato y se marchaban con paso pausado.
En uno de estos palcos estaba Sylvia, pareciendo un ángel, solo que, por supuesto, mucho mejor vestida.
Detrás de ella estaba Annandale. Eran una pareja bastante mayor. Llevaban casados al menos un año. Con ellos, en el palco, estaba Orr.
En el escenario se estaba celebrando un festival, un festival para el oído y la vista, el apogeo del arte italiano, una producción de Aïda. Hace un cuarto de siglo y más, cuando esa ópera se representó por primera vez en El Cairo, hubo un esplendor concomitante más fastuoso del que esta, o cualquier