cantidades de dinero estúpido flotando que el teletipo era muy locuaz. Hablaba y hablaba, por lo general a saltos. A medida que saltaba, Annandale compraba. A medida que seguía saltando, él ganaba. Con lo cual se consideraba a sí mismo un financista nato. Era una ilusión que ese año compartían muchos hombres.
Pero la ilusión le resultaba agradable. También lo era para Fanny. Lo apartaba del camino e inducía dulces sueños. Hablaba de carruajes y yates. Con cincuenta mil al año estas cosas son imposibilidades. Pero Annandale, creyéndose un financiero nato, creía también que no estaba lejano el día en que se materializarían en hechos. A la espera de lo cual, Fanny, desde su propio carruaje, repartía a Annette, Juliette y las demás los encargos que le placían.
Fue en este carruaje donde Marie la había visto con Loftus. Otros también la vieron.
Como Fanny era un poco más que una recién casada y Loftus bastante más que un galán, el espectáculo dio que hablar. Hubo, sin embargo, otras cosas que el futuro tenía reservadas y que darían que hablar aún más. Pero entre los que contemplaron aquel espectáculo en particular se encontraba el marido de Fanny.
Annandale iba en un hansom con el Sr. Skitt, el corredor en cuya oficina revisaba la cinta de cotizaciones. Al pasar Fanny, Annandale se levantó el sombrero y luego, con una mueca que pretendía ser humorísticamente indignada, agitó su bastón hacia Loftus casi como si estuviera diciendo: «¡Ajá!, ¡coqueteando con mi mujer!».
Loftus, entrando en el espíritu de la broma, agachó la cabeza con fingida alarma.
—Es una mujer condenadamente hermosa —comentó el señor Skitt cuando hubo pasado el carruaje.