como de una orgía. Ha cenado dolor. Está alimentada. Deja de mirar atrás. Mira hacia adelante, maravillándose en verdad de poder mirar siquiera, pero mira. Las cargas de la vida son más llevaderas de lo que piensan los desesperados. Hasta que los ojos se cierran y el corazón deja de latir, de un modo u otro, pueden llevarse.
Sylvia tomó su cruz. Era de plomo. Pero en el esfuerzo fue auxiliada. El orgullo la ayudó. La ayuda del orgullo podrá ser pobre, ¿pero acaso no es mejor que ninguna? Para Sylvia fue útil. Le permitió responder a la carta de Fanny.
«Tienes mi enhorabuena, querida Fanny», escribió, «toda entera, la mejor y más calurosa, y lo mismo Arthur. Por favor, díselo de mi parte y explícale que, al casarse con mi más querida amiga, él y yo debemos ser también grandes amigos».