Cuando así lo deseaba, no tenía más que telefonear y en cinco minutos había un victoria a la puerta. Para su salón, el florista que tanto había turbado al señor Cohen traía flores día por medio.
En las flores había espinas, por supuesto. A Marie le preocupaban muchas cosas, pero sobre todo el hecho de que la señora Loftus todavía no la hubiera «visto y aprendido a amar».
En contra de eso, sin embargo, había dificultades. Al principio, la señora Loftus había tenido un resfriado terrible. Luego se había ido de la ciudad a recuperarse. Esto era muy desafortunado, pero, al igual que los aposentos, solo temporal. Loftus se lo aseguró. Lo que él decía era palabra sagrada.
La situación en la que se encontraba la muchacha le preocupaba, sin embargo. Sabía que estaba mal. Pero siempre se consolaba con la creencia de que pronto se arreglaría. Por esa creencia se habría jugado el alma. ¿Acaso él no lo había jurado? Exactamente cómo habría actuado de haber comprendido que él había mentido como un bellaco es algo que uno puede suponer, pero jamás saber. La miseria de la vida es la necesidad de acostumbrarse a ciertas cosas. Hay naturalezas que se adaptan más fácilmente que otras. También hay naturalezas que no pueden adaptarse en absoluto. De haber conocido Marie la verdad, tal vez se habría estrellado la cabeza contra las paredes. Pero también es posible que al final le hubiera llegado la adaptabilidad. Aunque no la felicidad. La felicidad consiste, si es que en algo consiste, en estar en buenos términos con uno mismo. De haber conocido Marie la verdad, jamás habría podido lograrlo. Dadas las circunstancias, fue considerado por parte de Loftus ocultárselo. Pero Loftus era una persona muy considerada. Odiaba las