con su contaminación a cuestas, apestando a alcohol, hablando profusamente sobre nada imaginable, y ante su justa reconvención se había vuelto al instante irritable, negándose casi a abandonar la casa.
Tan conmovida y escandalizada había quedado por su estado y por el espectáculo del mismo que, durante un tiempo, el recuerdo de él y de aquello le resultaba repugnante.
A sus propios ojos, se sentía degradada.
Que los hombres bebían, lo sabía. Pero en su esfera social bebían con moderación o bien en antros invisibles para ella. Y precisamente de uno de esos antros venía él, un antro desvergonzado, uno que la manchaba con solo saber de su existencia.
Sí, había pecado, licenciosamente, gravemente, casi imperdonablemente.
Casi, reflexionó ella, pero tal vez no del todo.
En su carta de protesta y arrepentimiento le había dicho que no recordaba nada, absolutamente nada, ni lo más mínimo, salvo una vaga y breve visión de ella misma.
El resto, el principio, el final, los espacios intermedios estaban, le aseguró, en blanco.
Al principio ella había pensado que aquello era una completa tontería.
Pero, más tarde, la sinceridad con la que estaba expresado la impresionó.
Luego, pisándole los talones a esa comunicación, había llegado otra de Orr, que respaldaba lo dicho por Annandale, declarando que todo aquello era perfectamente posible, y añadiendo que, en ciertos temperamentos, la memoria, cuando es influenciada por tóxicos, jugará tretas más extrañas de las que la mente promedio puede creer cómodamente.