Pero sus antecedentes, así como sus posibilidades, los adivinó Loftus de un vistazo y, al mismo tiempo, adivinando también que, en lo personal, no era mejor, y en lo financiero, no estaba mejor de lo que la ley permite, preguntó sin rodeos por la señorita Cohen que había venido allí a las tres del día anterior. Enterándose entonces por la ex primera dama de que el nombre de la muchacha no era Cohen sino Durand, maldijo al boticario y ofreció cien dólares para que se la presentaran. La pobreza no es un delito. Pero se rumorea que es un incentivo. El delito que Loftus le propuso a Mme. Machin es uno que el código no especifica y al que la ley no puede alcanzar. Sabiendo esto, es posible que la mujer lo hubiera cometido antes y, presentándose la oportunidad, lo cometió de nuevo—calmando su conciencia, si es que tenía conciencia, con el oportuno: «Mon Dieu, il faut vivre!».
De todos modos, ante la oferta ella ni siquiera parpadeó. Sonrió con mucha receptividad y declaró que estaría encantada.
Cuando, por lo tanto, dos días después Marie volvió a entrar en aquel saloncito trasero y descuidado, encontró a Loftus allí. Por lo general, la muchacha y la ex primera dama se ponían a trabajar de inmediato, a veces con el brindisi de Lucrezia Borgia, a veces con arias de Aïda. Salvo ellas mismas, nunca había nadie presente.
Ahora, ante el inesperado espectáculo del hombre, la crema de la delicada piel de la muchacha se encendió. Era como si hubiera clarete en ella. No tenía la menor idea de qué hacer y, antes de que pudiera decidirse, con ceremonial y el debido respeto a las pompas de la etiqueta, Loftus había sido presentado.
Si bien abrupta, la presentación fue al menos convencional, y Marie, que ni remotamente sospechaba que todo aquello estaba comprado y pagado y que, si se sintió desconcertada de manera consciente, de forma subconsciente se alegró, atribuyendo todo a una casualidad y ruborizándose aún, sonrió y se sentó.