Annandale se volvió con recelo, abrió la puerta y, mirando hacia atrás,murmuró: «No tengo hogar».
Cerrando la puerta tras de sí, comenzó a bajar los escalones. Eran pocos y anchos, de bajada fácil. Pero se habían vuelto inexplicablemente empinados. Se aferró a una barandilla. Eso lo estabilizó. Se quedó allí un momento. Luego, con cierta incertidumbre, siguió avanzando en zigzag.