otra ópera, ha tenido desde entonces. Pero era difícil imaginar que incluso entonces hubiera un mejor elenco. Antes de que el tenor terminara la romanza de apertura, ya había cautivado a la sala. Apuesto, como deben ser los tenores; corpulento, como son los tenores, sugería a un Mario resucitado y de regreso.
«¡Celeste Aïda!», cantó, y fue celestial.
Luego, de inmediato, apareció Amneris, interpretada por una debutante, y el público pudo disfrutar de algo que no presenciaba desde los tiempos mozos de Scalchi: una voz con un conservatorio en el registro agudo, una caverna en el grave y, esparcidos entre ambos, ricos lazos de luz, de ópalos, flores, besos y estrellas.
Princesa era y lo parecía, mas, a pesar del esplendor de sus atavíos, más bien una princesa de salón que la hija de un faraón en una cripta menfita. Parecía complacida, segura de su encanto, y