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nydus/The Perfume of ErosPublic
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IX. El duodécimo jurado

El jurado salió en fila. El registrador se evaporó. Annandale se alejó con paso pausado. La gran sala se vació hacia los pasillos adyacentes.

Orr, apostando asociados en guardia, fue hacia Sylvia, instándola a irse.

Pero Sylvia se negó al principio a moverse. El jurado, declaró, volvería en cinco minutos.

—Quizá sean cinco horas —dijo Orr—. Haría mucho mejor en irse a casa. ¿No? Bien, pues le llevaré a mi despacho y pediré que traigan algo de comer.

—¿Está lejos? —preguntó Sylvia con cautela. Pero al punto consintió, estipulando sin embargo que se llevara a Annandale allí en el momento en que quedara libre.

Orr sacudió la cabeza. «Eso puede tardar años, hasta después de una apelación. No tengo la menor idea de lo que hará el jurado. Pero sé una cosa: el último del grupo, el decimosegundo, me miró durante mi resumen con una expresión que era un cruce entre una mueca de desprecio y un ceño fruncido».

—Sí —terció la señora Waldron—, me fijé en él. Pero me pareció que no estaba escuchando. Me pareció que sentía dolor. Pero anda, Sylvia, vámonos. Es una crueldad por tu parte. Me muero de hambre.

En las benévolas oficinas de Orr, la dama fue alimentada en breve. Sylvia también comió algo. El propio Orr se habría tragado un bocado de prisa, pero tenía que irse volando, aunque al hacerlo prometió todo cuanto Sylvia le pedía, prometiendo ponerse cabeza abajo si ella así lo deseaba.

Una vez de vuelta en el tribunal, lo encontró todavía vacío. En los pasillos, reporteros y ociosos holgazaneaban, especulando sobre el vaticinio, profetizando que las deliberaciones del jurado serian breves. Pero el tiempo cojeaba. Pasó una hora, dos horas, tres. Enervado y vacío,

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