La paja en el ojo ajeno
Un filósofo ha señalado que en ciertos períodos una gran cantidad de personas estúpidas tiene una buena cantidad de dinero estúpido. A esta condición, describible como pletora, le sucede otra catalogada como pánico.
El número de imbéciles que en ese momento deambulaba por las calles sin control era fenomenal.
Entre ellos se encontraba Annandale. No tenía unos miserables veinticinco mil al año, sino cincuenta, con, además, más por venir. Esto, aunque mensurablemente satisfactorio, no era brillante. No brillante, es decir, según la señora Price utilizaba ese término.
Aun así, era suficiente para sacarlo de la casa de fieras de los indigentes en la que lo había clasificado. Cerciorada de lo cual, la señora Price, guardándose objeciones futuras, cedió. Dos meses exactos después de los episodios de Narragansett, asistió a su matrimonio con su hija.
Un poco más tarde, Annandale alquiló una casa en Gramercy Park.
Esta casa, alquilada completamente amueblada de noviembre a junio, la eligió Fanny. Le gustaba el vecindario. A Annandale, cuyas habitaciones de soltero habían sido, por supuesto, abandonadas, también le gustaba. Era conveniente. Se le había metido en la cabeza que debía tener algo que hacer. El algo con el que dio consistía en ir al centro todos los días y pararse, en la oficina de un corredor de bolsa, frente al teletipo. Eran tantas las