Por uno de los lados del hotel trepaba una lengua de fuego que crepitaba entrando y saliendo. El grito de «¡Fuego!», repetido y redoblado, se elevó en el aire cristalino.
—¡Maldición! —dijo Annandale—. Si eso llega a...
Fanny no dijo nada. Sus ojos se abrieron de par en par.
A través de los cristales que dan a la playa saltaban más llamas. Desde un lado, las primeras llamas pasaron a los tiendas de en frente, volvieron con otras nuevas creadas y se unieron a las otras de más allá.
Arriba había humo. Más arriba aún, el tierno azul del cielo. Pero abajo era un torbellino de ocre, escarlata y amarillo indio, un tornado feroz y a la vez compacto de tonalidades oscilantes, surcado de verde y atravesado de negro.
Entonces, de repente, con un rugido, el tornado se duplicó: el tejado se había venido abajo. El niño que había saltado y dado palmadas, débilmente empezaba ahora a llorar.
—Es glorioso —dijo Fanny.
—Tengo miedo... —murmuró Annandale.
Fanny lo miró. Sin embargo, lo comprendió al instante.
Al otro lado del hotel, cruzando la calle, se alzaba el Casino.
Su madre, por supuesto, estaría a salvo. ¡Pero sus vestidos! Al pensar en ellos, se llevó la mano a la garganta.
—¿Crees que el Casino prenderá? —jadeó ella.
Annandale asintió.
—Oh —continuó—, no tendré ni trapo, ni uno solo.