importarle a él? Ella podría cantarle, si no hacia la opulencia, al menos hacia la holgura. Tambourini, con quien hasta hace poco había estudiado, le había dicho no una vez, por mera cortesía, sino una y otra vez, que en su garganta había un volcán de oro. Con exageración italiana la había llamado Pasta, Alboni, Malibran, pronosticándole los triunfos de aquellas. Si Loftus hacía de ella una mujer honrada, esos triunfos serían para él. Pero al decirse eso, se decía también que tales triunfos él preferiría evitarlos. Sin embargo, le daría la oportunidad. Si la rechazaba, se iría. Y de su rechazo no tenía la menor duda. Pero la oportunidad se la daría, sí, aun sabiendo de antemano que, con su habitual amabilidad —una amabilidad que había llegado a odiar—, se la devolvería. Podía verlo haciéndolo. Podía ver su sonrisa negligente. Esa sonrisa que también había aprendido a odiar. Siempre lo amaba con locura, pero a veces lo odiaba a muerte.
De Loftus, sus pensamientos desviáronse un momento hacia Tambourini.
La semana anterior, de repente y sin previo aviso, le había declarado torrentemente que la adoraba. Era un buen profesor. Sin embargo, por supuesto, después de aquello se había visto obligada a despedirle.
Pero ahora sus pensamientos fueron interrumpidos. En la mesa donde estaba sentada se sobresaltó, con la cabeza retirada bruscamente en esa actitud que tienen los ciervos cuando son sorprendidos. En la puerta de afuera se había sentido el titubeo de una llave y, en el vestíbulo, captó el paso casi silencioso de su amante.
Al entrar él, ella se levantó de su asiento. Loftus llevaba el sombrero puesto. Se lo quitó, lo dejó sobre la mesa y, sacando un cigarro del bolsillo, lo encendió en la pantalla de una lámpara que había allí.