misma. Estoy seguro de que puede comprender eso. En fin, por el momento discutir con ella sería inútil. Además, se ha marchado de la ciudad”.
¿“Desaparecido”*?
“Sí, se fue a Newport hoy. Si yo fuera usted, no intentaría seguirla. Pero le escribiré. Le diré lo que usted dice y le contaré su respuesta.”
Orr se puso de pie. Al hacerlo, Annandale se sentó. Él se preocupaba por Sylvia Waldron, de manera absoluta, única. Sentía, además, que ella se había preocupado por él. Pero mientras Orr había estado hablando, se dijo a sí mismo que ese afecto de ella había cesado. De haber quedado algún cariño, ella no se habría ido. Aunque era culpa suya. Lo había ahuyentado hasta hacerlo desaparecer. Al pensar en eso se sintió indescriptiblemente desgraciado. Lo que sentía se reflejaba en su rostro.
Orr vio su abatimiento.
—Annandale —dijo—, dudo mucho que ahora te consuele que te diga que nada terrenal tiene la menor importancia, pero, si dejas que la idea te compenetre, tal vez al fin llegue a hacerlo. A propósito, ese que tienes es un empleado nuevo, ¿no?
En los escombros entre los cuales Annandale se debatía, la pregunta fue como una cuerda; se aferró a ella y salió a flote.
“¿Quién? ¿Harris? Sí, el otro pobre diablo que tenía fue atropellado y murió en una ambulancia”.
Orr se golpendó el pie con el bastón.
«Puedo estar equivocado —dijo—, pero creo haberlo visto antes».