Para verle no tenía más que cerrar los ojos.
Una vez la visitó en sueños. Él vino acompañado de mariposas que aleteaban a su alrededor y se convertían en besos sobre sus labios.
De nuevo se lo imaginó muy codiciado por las damas y sintió una ira ardiente e inexplicable ante tal idea.
Sería tan hermoso llegar a conocerlo de verdad, decidía siempre. Pero no veía en absoluto cómo eso podría llegar a suceder jamás.
Sin embargo, por supuesto, sucedió. Sucedió, además, de una manera tan sórdida como la calle en la que vivía.
Esa calle, aunque sórdida, es relativamente silenciosa. Es más allá, en la Sexta Avenida, donde uno obtiene una muestra del verdadero ruido de Nueva York. El estrépito de los trenes elevados, el gruñido chirriante de los tranvías, los demoníacos arrieros, los motores estruendosos, las multitudes incesantes, colaboran en un tumulto al lado del cual un bombardeo resulta relajante. Pero aunque toda la vía pública es espantosa, el mercado de Jefferson, detrás del cual se agazapa la calle Gay, es infernal.