No hubo ni una sugerencia que no fuera sumamente discreta. Solo en este aspecto difería la cena de cualquier otra a la que uno pudiera asistir en los círculos elevados de la alta sociedad neoyorquina.
Durante los cursos preliminares, las acciones fueron el único tema. Había un boom en la calle. Todo el mundo estaba ganando dinero, incluida Marie, a quien Loftus le había comprado unos cientos de A.O.T.
Orr solo había vendido.
“Todos ustedes están locos”, declaró. “Toda la ciudad está de remate. El país anda de juerga. Los toros no pueden vivir para la eternidad. Las corridas de la Bolsa son exactamente iguales a las de España. Lo que difiere es el desenlace. Allá la arena la barre un pinche, aquí la azota una crisis. Esa crisis puede llegar la semana próxima, el mes que viene, el año que entra. Pero llegará. No puede apartarse de los cielos de la economía política más de lo que las estrellas pueden desviarse de su curso. Aún no está aquí, el toro está muy vivaz, lo está embistiendo todo por los aires, pero justo cuando se encuentre en su mejor y más fiero momento, justo cuando ustedes estén desgañitándose a gritos, el gran espada, cuyo nombre es Tiempo, con una estocada rauda lo atravesará. Ese es el destino de los toros”.