demasiado caluroso como para detenerse. Camino abajo se fue, no sobrecargado pero sí impedido por los torpes bultos, y tropezó primero contra una multitud bulliciosa y envolvente, luego contra un carruaje de alquiler oportuno, en el que llegó a la Posada, sin su gorra y sudando profusamente.
Los Price aún no habían aparecido. Annandale les reservó habitaciones, mandó a llevar los bultos allí, fue a sus propios aposentos y reapareció al poco rato fresco como una lechuga, hambriento como un lobo.
Era mediodía en punto.
Desde más allá llegaban flotando el eco de los gritos, el olor a humo, el tumulto de la huida. El Rockingham había desaparecido, y con él las tiendas y los baños adyacentes; el Casino se había derrumbado.
Apresurándose hacia la estación de ferrocarril más allá venían personas con bolsos de mano, carretas con baúles.
Del aire la caricia se había esfumado. Había pánico en él.
Pero al poco tiempo las llamas se veían menos voluminosas. Tras devorar todo lo que pudieron con facilidad, iban cediendo. Era evidente que lo peor había pasado. Entonces, por fin, llegaron Fanny y su madre en coche.
Desde la galería en la que estaba, Annandale bajó corriendo a recibirlos.
—Tengo sus cosas —gritó—. También tengo habitaciones para ustedes.
—Hobson no está a tu altura —dijo Fanny, una vez contado el relato de los bultos—. Podría besarte. Lo haría si mamá no estuviera aquí.