El retraso, por supuesto, fue una profunda decepción. Ella lo sintió, y lo sintió agudamente. Pero en Europa, supuso que la gente no lo sabría, y que le importaría un bledo si llegara a saberlo, se apresuró a asegurarle Loftus.
A su proyecto, por lo tanto, ella cedió. Al poco tiempo se alegró de haberlo hecho.
El viaje en sí fue una delicia. En el Arundel, él había estado yendo y viniendo. A menudo ella se había sentido sola. A menudo había pasado horas que se arrastraban penosamente, esperándolo, esperándolo en vano.
Pero durante el viaje y después de este, en las altas colinas de Normandía, siempre lo tuvo con ella. En eso consistía la delicia.
Los sitios, nuevos para ella y fragantes, a los que él la llevaba le interesaban muchísimo, pero muchísimo también, como podrían hacerlo los accesorios.
Era de él de quien emanaba su encanto verdadero.
Él también disfrutaba, pero con menor arrebato, de un modo más distante. Encontraba tiempo para ocuparse de las noticias del mundo, de los menús, de los vinos, ocupaciones que para ella resultaban extraordinarias.
Marie no sabía lo que comía; en cuanto al mundo, se sublimaba en él, un hecho que ella le confiaba —del cual, de no haberlo hecho, él habría estado perfectamente al tanto y que al principio aceptó como un mero tributo adecuado hacia su persona, pero que terminó por aburrirle claramente.
Un exceso de cualquier cosa le sienta mal al mejor.