Marie se volvió. «Entonces, si lo decías en serio, cásate conmigo esta noche. Si tienes algo de honor, lo que sea, una chispa, lo harás; si no...»
Se detuvo y lo miró. No era esto en absoluto lo que había querido decir.
Había querido suplicarle, describirle cómo podría ser la vida de ambos, hablarle de su amor envolvente y, si eso fallaba, marcharse, pero marcharse sin palabras, sin reproches, sin consentir que lo que había habido entre ellos se manchara con injurias y, así manchado, descendiera al nivel de cualquier aventura vulgar.
Pero algo —su actitud, la mentira manifiesta sobre su madre, la aparición de aquella otra mujer, sacándole partido a unos nervios crispados— la había irritado hasta hacerla olvidar por completo lo que se había propuesto hacer y decir.
La pausa que Loftus notó. Lo que había detrás de ella lo malinterpretó.
«No me haga caso —interpuso de manera alentadora—. Amenace todo lo que quiera. Es tan agradable y educado. Aun así, debo decir que, si bien tenía la intención de casarme con usted, tal intención se ha visto bastante debilitada precisamente a causa de escenas como esta. Aunque, para ser francos, no es tanto que me molesten las escenas como que, si ha de haber escenas, prefiero montarlas yo mismo».
Ante la ocurrencia, Marie clavó las uñas en las manos, las hincó. Sin un acicate semejante, le pareció que podría agarrar y arrojarle la lámpara, prender fuego al lugar y, si el destino ayudaba, quedar calcinada allí junto con él.
—Y ahora que he sido sincero —prosiguió—, déjeme serlo aún más. Usted y yo hemos dejado de entendernos. La culpa de eso, si lo desea, la asumo yo.