inacción que a la ira. Ordinariamente, habría aceptado la situación, sin alegría, sin duda, pero ciertamente sin armar un escándalo. Tras lo cual, habiéndola aceptado así, se habría acostado y se habría ido a dormir.
Pero el alcohol juega extrañas malas pasada. Afecta a los modales y a la memoria. Afecta, también, a la imaginación.
Annandale estaba borracho. El Hada Amarilla que acecha en el licor despertó en él al perro del hortelano. Se dijo a sí mismo que le estaban robando. ¿Y el qué? ¡La esposa de su pecho! ¿Y quién? ¡Su amigo más cercano!
La felonía y la vileza de aquello se perfilaban, o más bien, con la ayuda del Hada Amarilla, parecía perfilarse de un modo tan monstruoso que, a su lado, los desastres de Wall Street se reducían a nada, perdidos ante la magnitud de semejante afrenta.
Era maldito, decidió.
Metiendo la mano en un bolsillo, sus dedos tropezaron con un collar de perlas. No era eso lo que estaba buscando. Además, las había olvidado. Pero al encontrarlas allí, se le ocurrió que debía devolvérselas en el acto. Dando la vuelta al parque, entró en Irving Place y llamó a la puerta de Sylvia.
Allí, en lugar de la habitual aunque breve demora, la puerta se abrió de inmediato.
Orr iba saliendo. Al fondo, en el recibidor, estaba Sylvia. Orr miró a Annandale, preguntándose qué diantres quería este. Pero Annandale pasó de largo. Orr continuó su camino. Annandale entró en el recibidor.
Al cerrarse la puerta, la luz reveló a Sylvia lo que Orr, en la penumbra del porche, no había observado y que, de haberlo observado, en vista de un episodio anterior, lo habría inducido a regresar.