En estas incertidumbres se entretuvo, fastidiado pero sobrio. Desde la visita de Orr no había probado una gota.
Luego sucedió que una tarde se pasó a echar un vistazo por un baile en el Casino. La locura flotaba en el aire. Los sabores del mar, el tónico del baño, la mirada fija de la luna de cosecha, suben a la cabeza, agitan el corazón, excitan el pulso de un modo verdaderamente boccaccesco.
La locura es contagiosa. Esa noche parecía ser especialmente contagiosa. El salón estaba lleno, la galería ruborizada. En un estrado, al fondo del salón de baile, los músicos lanzaban con ritmo persistente el hechizo de «Il Bacio», la invitación de las Cent Vierges, la algarabía sorda de El Capitan.
A estos incentivos acudían las parejas. Bajo la galería donde Annandale se encontraba había una visión de brazos blancos, cuellos desnudos, esbeltas cinturas rodeadas por la negrura de las mangas masculinas. Trescientos jóvenes y muchachas valsaban juntos, intercambiándose las parejas, estrechándose las manos, mirándose a los ojos.
Detrás de Annandale se había reunido un grupo. Estaban hablando, aunque él no prestaba atención a qué. Pero, al poco rato, en la conversación se filtró la frescura de otra voz.
—Bien creo, sabe —decía la voz—, que una muchacha que se detiene aquí este verano, no se detendrá ante nada en el próximo.
Ante la broma, Annandale se volvió. Allí, bonita como un melocotón pero bastante más divertida, estaba Fanny Price.
—¡Hamlet! —exclamó ella.
Annandale se parecía tan poco al danés como al diablo. De eso era plenamente consciente. Pero también era consciente de que debía de parecer abatido. Se enderezó y sonrió. Entonces se le ocurrió de inmediato que Fanny bien podría ser una portadora de señales.