“No importa en realidad. Solo que tendremos que ir al pueblo mañana. Mamá no tiene ni una hilacha”.
—¡Mil demonios! —mutituró Annandale en un fiero acceso de auto-reproche—. Maldita sea mi estupidez. Soy un imbécil.
“No eres nada de eso. Si no fuera por ti, yo tampoco tendría qué ponerme”.
“Eso está muy bien. Pero lo he estropeado todo terriblemente. No sé qué puede pensar tu madre de mí. Lo que sí sé, sin embargo, es que ojalá me dejara reemplazar las cosas que ha perdido por culpa mía”.
En el cielo caía una estrella, veloz, silenciosamente, como una gota de agua en el cristal de una ventana.
Fanny la contempló. Había estado recostada en un sillón. Pero a sugerencia de Annandale se incorporó.
—Eso es absurdo —declaró.
—Bueno, entonces, sería muy amable y justo de tu parte ponerme en una situación en la que, sin ofender, pudiera hacerlo.
Pero Fanny se levantaba.
«Es tarde», anunció. «Tengo que irme».
Annandale la atajó. —Di que «sí» —suplicó—. O al menos no digas «no». Di algo.
“Algo, pues. Vaya, déjame en paz”.
En esto Annandale, que aún la abrazaba, la apretó con más fuerza todavía.
«Eres la muchacha más querida de todo el mundo».