De este defecto Annandale no era en absoluto consciente. Sin embargo, aunque no podía ver la viga en su propio ojo, había una mota en el de Fanny que, aunque la veía, era incapaz de definir. Es verdad que en cuestión de motas él no era un experto. Un marido, en especial cuando da la casualidad de que es grande y rubio, rara vez lo es.
Además, el efecto de la mota era extraño. Afectaba al carácter de Fanny. Cuando se le acercaba, no podía dejar de notar que ella se mostraba elusiva. No podía dejar de percibir que le tenía tanto miedo a un beso como a una abeja.
—¿Qué te pasa? —inquirió en cierta ocasión en que ella se le apareció aún más tantalizadoramente intangible de lo que la había visto hasta entonces.
«Las mujeres son el mismísimo demonio», musitó mientras ella, sin responder, se alejaba todavía más.
La pregunta, sin embargo, era muy poco razonable. Al menos así se lo aseguró, con fina mordacidad, la señora Price, a quien él intentó hacer partícipe de su confianza.
«¡La idea de que un hombre le pregunte a su esposa qué le pasa! —exclamó—. Un hombre debería saberlo. Si no es así, ¿cómo demonios puede esperar que ella lo sepa?»
Pero eso fue antes del episodio con Loftus en el Parque. Si Annandale hubiera acudido a la señora Price entonces, ella habría sido muy capaz de cantarle las cuarenta. Esa oportunidad la desaprovechó.
Las acciones se disparaban. Sobre el papel, ganaba dinero a manos llenas. No tenía tiempo para preocuparse por los caprichos de las mujeres. Cuando los hombres por fin tienen tiempo para esas cosas, el momento ya ha pasado.