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nydus/The Perfume of ErosPublic
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VIII. El acusado ante la barra

La atmósfera de la habitación, de techos altos, abarrotada, era senegambiana. Afuera se podía ver, adentro se podía sentir, el calor y el anhelo del sol otoñal.

“¡Arthur Annandale, a estrados!”

Entró en la sala, como si fuera un teatro, el acusado con paso pausado, impecablemente arreglado, con la palidez de las Tumbas en el rostro pero sin ni una mota de su polvo en la chaqueta, irradiando un aire de tranquila desgana.

Pegado a sus talones iba un custodio. Saludó a Orr con un apretón de manos, se sentó a su lado, se giró para entregarle el sombrero al custodio, volvió a girarse y miró hacia un recinto con verja a la derecha del estrado donde, en una especie de palco de proscenio, estaban sentadas Sylvia y su madre.

Todo el escenario era el de una obra de teatro. Con esta diferencia: aquello era real, un drama de lodo y sangre sin acompañamiento de orquesta.

Tras meses de preparación, tras días de hostigamiento a los testigos citados, en esta mañana de veranillo de San Martín se estaba levantando el telón.

El jurado: había costado lo suyo conseguirlo. Un centenar entero de personas fueron examinadas, interrogadas, recusadas y rechazadas antes de reclutar a la docena. Cuando el último, el duodécimo, un individuo cadavérico, fue aceptado, el escenario quedó listo.

“May it please the Court; Mr. Foreman and gentlemen of the jury.”

Con tres reverencias y estos rituales, Peacock abrió la sesión en nombre del Estado, expuso el caso del Pueblo, describió el crimen, detalló el motivo, resumió las pruebas, expresó el deseo de que el jurado creyera

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