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nydus/The Perfume of ErosPublic
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VIII. El acusado ante la barra

Sí se sentó, pero mucho después, cuando estuvo listo, cuando había logrado decir su palabra y salirse con la suya. Entonces, cuando al fin se sentó, lo hizo con un aire de dominio que le habría sentado bien a Napoleón en Marengo. En ese momento no era meramente un abogado, era un actor, casi shakesperiano, una mezcla de ironía y buen humor, Falstaff y Mercucio en uno.

Todo esto, sin embargo, por variar la metáfora, no era más que el galope de calentamiento.

Que Loftus había sido asesinado era un hecho demostrado y admitido. Pero no se había demostrado ni se admitía que el acusado fuera el hombre. Este defecto iba a enmendarlo un testigo estrella. La estrella era Harris.

Sin embargo, aunque era una estrella, tenía un aspecto espantoso. Estuviera enfermo o no, al menos se sentía muy incómodo. Su aire de criado satisfecho de sí mismo había desaparecido. Parecía venir de tumultos en el País de los Zarrapastrosos.

Estaba magullado, sucio, sin afeitar. Pero la historia que había llevado al Chronicle la repitió, y además con adornos. Tras relatar el cuento, precisar el motivo y explayarse sobre él, declaró que el amor de la esposa del acusado por Loftus era comúnmente conocido⁠—un testimonio que, aunque de oídas, Orr dejó pasar con indiferencia.

Luego, tras identificar una pistola como propiedad de Annandale⁠—una prueba marcada como A que Peacock ya había intentado pero, detenido por Orr, no había logrado encajar por completo en el crimen⁠—, Harris juró que en la noche del asesinato, a las doce y cinco, en la habitación que ocupaba en el último piso de la casa de Annandale y que daba a Gramercy Park, oyó un disparo; que al ir a la ventana miró hacia afuera, que no pudo distinguir nada, pero que al dirigirse luego al pasillo oyó que alguien entraba en la casa y, al mirar hacia abajo, vio entrar al acusado.

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