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nydus/The Perfume of ErosPublic
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VIII. Dos en una torre

Un santo puede desafiarla. Annandale no era eso ni porasomo. Era sencillamente un ser humano, uno que había sido castigado, y, según creía, injustamente castigado, por aquello que podría haberse pasado por alto. > La injusticia humilla. Los santos pueden dar la bienvenida a la humillación, pero los seres humanos se resienten de

Sobre el vacío que Sylvia había creado rondaban, por tanto, dos cosas.

Una era la oscuridad, la otra el despecho. A la luz que Fanny sostenía, le pareció a Annandale que ambas podían disiparse.

Esta idea, que él consideraba muy suya y, por consiguiente, de lo más original, no era en absoluto suya. Era la Naturaleza instigándole a llenar el vacío que tanto aborrece.

Instigado por ella, Annandale invitó a Fanny a subir por una escalera y adentrarse en una torre, un lugar remoto, distante, amueblado con asientos para dos nada más.

Fanny no había estado allí antes. Había oído hablar, sin embargo, de su aislamiento; se le consideraba un lugar peligroso. Pero Fanny era una chica valiente. Además, Annandale estaba en su peor momento, y ni siquiera en su mejor momento resultaba muy alarmante.

Efectuado el ascenso, Fanny asomó por un ajimez.

—¡Vaya —exclamó—, se ve por todas partes!

Miró a su alrededor.

—Pero nadie puede verte a ti.

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