pero no lo hará!». «Hacerlo» habría sido entregarse, por ejemplo —y por una vez en la vida—, a alguna referencia directa a la dama que los había preparado para mi tutela. Poseían un apetito delicioso e inacabable por episodios de mi propia historia, con los que yo los había obsequiado una y otra vez; estaban al tanto de todo lo que me había sucedido jamás, conocían, con todo lujo de detalles, la historia de mis aventuras más insignificantes y las de mis hermanos y hermanas y las del gato y el perro de casa, así como muchos pormenores del carácter excéntrico de mi padre, de los muebles y la distribución de nuestra casa, y de la conversación de las ancianas de nuestro pueblo.
Había cosas de sobra, sopesándolo todo, de las que charlar, si uno iba muy deprisa y sabía por instinto cuándo dar rodeos. Tiraban con un arte muy suyo de los hilos de mi invención y de mi memoria; y tal vez ninguna otra cosa, al recordar yo tales ocasiones más tarde, me dio tanto la sospecha de estar siendo observado desde la espesura.
Era en cualquier caso sobre mi vida, mi pasado y mis amigos únicamente donde podíamos mostrarnos algo desenvueltos —un estado de cosas que los llevaba a veces, sin la menor pertinencia, a soltar recordatorios llenos de sociabilidad. Se me invitaba —sin conexión visible— a repetir de nuevo el célebre mot de la buena mujer Gosling o a confirmar los detalles ya suministrados sobre la inteligencia del poni de la vicaría.
Era en parte en coyunturas como estas y en parte en otras bien distintas donde, con el giro que mis asuntos habían tomado entonces, mi apuro, como lo he llamado, se hacía más perceptible. El hecho de que los días pasaran para mí sin otro encuentro habría debido, al parecer, contribuir en algo a calmar mis nervios.