innecesaria. * Sin ella, al instante siguiente, vi que había alguien en la escalera. * Hablo de secuencias, pero no necesité el transcurso de segundos para endurecerme ante un tercer encuentro con Quint. La aparición había llegado al descansillo a mitad de altura y se encontraba por lo tanto en el lugar más cercano a la ventana, donde, al verme, se detuvo en seco y me fijó exactamente como me había fijado desde la torre y desde el jardín. Él me conocía tan bien como yo lo conocía a él; y así, en el frío y débil crepúsculo, con un destello en los altos cristales y otro en el brillo de la escalera de roble de abajo, nos enfrentamos el uno al otro en nuestra mutua intensidad. Era absolutamente, en esta ocasión, una presencia viva, detestable, peligrosa. Pero esa no era la maravilla de las maravillas; reservo tal distinción para una circunstancia muy distinta: la circunstancia de que el pavor me había abandonado inconfundiblemente y de que no había nada en mí en ese momento que no fuera a su encuentro
Tuve bastante angustia después de aquel momento extraordinario, pero no tuve, gracias a Dios, terror. Y él sabía que no lo tenía; me hallé al cabo de un instante magníficamente consciente de ello.
Sentí, en un fiero rigor de confianza, que si mantenía mi posición un minuto dejaría —por el momento, al menos— de tener que vérselas conmigo; y durante ese minuto, en consecuencia, la cosa fue tan humana y espantosa como una entrevista real: espantosa precisamente por ser humana, tan humana como haberse encontrado a solas, a altas horas de la madrugada, en una casa dormida, con algún enemigo, algún aventurero, algún criminal.
Era el profundo silencio de nuestra larga mirada a tan corta distancia lo que le otorgaba a todo el horror, por inmenso que fuese, su única nota de lo antinatural. Si me hubiera encontrado con un asesino en un lugar así y a tal hora, al menos habríamos hablado. Algo habría mediado, en