Me alzaba en vilo una gran ola de encaprichamiento y compasión. Me pareció sencillo, en mi ignorancia, mi confusión y tal vez mi vanidad, asumir que podía lidiar con un muchacho cuya educación para el mundo estaba a punto de comenzar.
No soy capaz ni siquiera de recordar a día de hoy qué propuesta formé para el final de sus vacaciones y la reanudación de sus estudios. Clases conmigo, en efecto, aquel verano encantador, todos partíamos de la teoría de que iba a tenerlas; pero ahora siento que, durante semanas, las clases debieron de ser más bien mías. Aprendí algo —al principio, ciertamente— que no había sido una de las enseñanzas de mi pequeña y ahogada vida; aprendí a estar entretenida, e incluso entretenida y divertida, y a no pensar en el mañana. Era la primera vez, en cierto modo, que había conocido el espacio, el aire y la libertad, toda la música del verano y todo el misterio de la naturaleza. Y luego estaba la consideración— y la consideración era dulce. Oh, aquello era una trampa —no diseñada, pero profunda— para mi imaginación, para mi delicadeza, tal vez para mi vanidad; para lo que fuera que en mí resultara más excitable. La mejor manera de imaginárselo todo es decir que estaba con la guardia baja.
Me dieron tan poca guerra; eran de una docilidad tan extraordinaria. Yo solía especular —aunque también esto con una vaga desconexión— sobre cómo el áspero futuro (¡pues todos los futuros son ásperos!) los trataría y podría llegar a maltratarlos. Tenían el lozano encanto de la salud y la felicidad; y, sin embargo, como si hubiera estado a cargo de un par de pequeños grandes, de príncipes de sangre real, para quienes todo, a fin de estar bien, tendría que estar cercado y protegido, la única forma que, en mi fantasía, los años venideros podían adoptar para ellos era la de una extensión romántica, verdaderamente real, del jardín y del parque.
Puede ser, desde luego, ante todo, que lo que irrumpió de repente en esto le otorgue al tiempo anterior el encanto de la quietud—ese silencio